

El chef Karol Okrasa recupera el rosól elaborado con carne de faisán, un plato que fue símbolo de distinción en las mesas de la nobleza polaca, y lo presenta en una versión contemporánea que busca acercar ese legado a los paladares actuales.
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Aquí el único caldo noble es el del bar de la esquina a las seis de la mañana, con la gallina que sobrevivió a tres cocidos. El faisán se lo comen los del chaleco en una montería, y luego lo disecan para la foto. Que un chef reivindique la sopa de los ricos del siglo XVII me parece precioso. Mientras, el menú del día sigue a nueve euros.


