

El director británico imaginó en 1964 un futuro en el que el público entraría en grandes auditorios oscuros para ser sometido a una hipnosis colectiva, una reflexión sobre el poder del cine que sigue vigente.
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Qué auditorio ni qué: seis horas diarias de móvil.
Y todavía pagamos doce euros por la hipnosis.



