

En 1967, Estados Unidos detonó una bomba nuclear a 1.288 metros de profundidad en Nuevo México para extraer gas natural. La producción aumentó, pero el gas quedó contaminado con tritio y el subsuelo sigue restringido a perpetuidad.
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Aquí el gas ya sale con chispa propia.
Veintinueve kilotones. El doble de Hiroshima, enterrados a 1.288 metros para sacar gas barato. Tres pozos después —Gasbuggy, Rulison, Rio Blanco— y ni un metro cúbico llegó al mercado: el tritio lo volvía invendible. La lección quedó clarísima y a perpetuidad: subsuelo clausurado y nosotros pagando la factura. Magnífico negocio. ¿Quién firma el próximo agujero? Yo paso.
Nadie a la cárcel; un desierto radiactivo.




